La respuesta de Beatriz

Capítulos de “Mi madre murió y, al ordenar su casa, encontré cartas para una hija de la que nunca nos había hablado”
Beatriz tardó nueve días más en escribir.
Esta vez su mensaje ocupaba varias páginas. Explicaba que sus padres adoptivos le habían hablado de su origen cuando tenía doce años. Conservaba una copia de la inscripción inicial con el nombre de Carmen y el lugar del nacimiento, pero no había buscado más información hasta cumplir treinta y cuatro.
Para entonces su madre adoptiva estaba enferma y Beatriz temía que la búsqueda pareciera una sustitución. Esperó. Años después, cuando sus dos padres habían muerto, encontró a Carmen a través de un anuncio antiguo de la tienda donde había trabajado.
—También nos encontró a nosotros —dijo Pablo.
Beatriz había visto una fotografía familiar publicada en internet: mamá entre Julián, Pablo y yo durante un aniversario. En el correo reconocía que aquella imagen la detuvo.
«Parecía tener una vida completa. No sabía si yo era una ausencia para ella o solo un episodio que había logrado dejar atrás».
Mamá, mientras tanto, había encargado la búsqueda que acabó en el documento del armario. Las dos se localizaron desde extremos distintos y ninguna dio el último paso.
Durante años, Carmen y Beatriz estuvieron separadas menos por la distancia que por el miedo de irrumpir en la vida de la otra.
Las condiciones de Beatriz
Beatriz quería recibir las cartas, pero no por correo. Prefería ver primero la caja y comprobar las fechas. Propuso encontrarnos en la cafetería de un jardín botánico situado a mitad de camino entre ambas ciudades.
Estableció tres condiciones.
- No llevaríamos a más familiares al primer encuentro.
- No tomaríamos fotografías sin preguntarle.
- No esperaríamos que leyera las cartas delante de nosotros.
También explicó que tenía marido, una hija adulta y dos nietos. Todavía no les había hablado de nosotros.
—Tiene una hija —dije—. Mamá tenía una nieta que tampoco conocía.
Pablo cerró el correo.
—No empecemos a contar parientes. Aún no hemos conocido a Beatriz.
Papá había escuchado desde la ventana.
—¿Ha preguntado por mí?
—Quiere saber si conocías su existencia.
Julián negó con la cabeza.
—Dile la verdad.
Le propuse que viniera con nosotros, pero rechazó la invitación.
—Ella pidió que no llevarais a nadie más. Además, no sé qué lugar ocupo en todo esto.
—Fuiste el marido de su madre.
—Y no sabía que existía.
Antes de salir de la habitación, dejó un sobre sin cerrar junto a la caja.
—Si quiere leerlo, se lo dais. Si no, lo traéis de vuelta.
La mujer del banco azul
El sábado acordado llegamos cuarenta minutos antes. Llevábamos la caja en el asiento trasero, envuelta en una manta para que no se desplazara. Durante el viaje, Pablo y yo ensayamos saludos que sonaban falsos.
—No la abraces —me recordó.
—No pensaba hacerlo.
Sí lo había pensado.
Beatriz nos esperaba en un banco azul frente a la cafetería. La reconocí por la foto del trabajo, aunque en persona parecía más joven cuando movía las manos y mayor cuando se quedaba quieta. Llevaba el cabello oscuro cortado a la altura de la mandíbula, con mechones plateados, y una carpeta fina sobre las rodillas.
Nos acercamos despacio.
—Soy Elena. Él es Pablo.
—Lo sé —respondió—. Os vi en aquella fotografía.
Nos dimos la mano. Su piel estaba fría.
Nadie utilizó la palabra hermana.
Entramos en la cafetería y elegimos una mesa apartada. Beatriz preguntó por la enfermedad de mamá, por la fecha exacta de su muerte y por el lugar donde habíamos encontrado los sobres. Contestamos sin intentar embellecer nada.
Después abrió su carpeta. Dentro había una copia del documento de nacimiento y una fotografía de sus padres adoptivos.
—Ellos son mi madre y mi padre —dijo—. Quiero que esto quede claro antes de abrir la caja.
—Queda claro —respondí.
Su expresión se suavizó.
—Eso no significa que Carmen no me importe. Solo significa que no vengo a buscar una madre nueva.
Pablo colocó la caja sobre la mesa, pero no retiró la cinta.
—Las cartas son tuyas si quieres llevártelas. Si prefieres no hacerlo, las guardaremos o las destruiremos como nos pidas.
Beatriz apoyó las manos sobre la tapa. No la abrió de inmediato.
—Llevo muchos años preguntándome si se acordó de mí —dijo—. Creo que hoy solo necesito saber si la respuesta está ahí dentro.
—Sí —contesté—. Está desde la primera carta.
Beatriz desató la cinta verde.
¿Qué necesitarías aclarar antes de leer las palabras de una madre a la que nunca conociste?

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