La caja del armario

Elena y Pablo observan una fotografía antigua encontrada entre numerosos sobres
Capítulos de “Mi madre murió y, al ordenar su casa, encontré cartas para una hija de la que nunca nos había hablado”
  1. Capítulo 1 — La caja del armario
  2. Capítulo 2 — Antes de ser nuestra madre
  3. Capítulo 3 — El derecho a llamar a una puerta
  4. Capítulo 4 — La respuesta de Beatriz
  5. Capítulo 5 — Las cartas llegan a su destino

Pablo volvió a colocar la carta sobre la cama como si temiera dejar una huella.

—¿Estás segura de que habla de una hija?

Señalé la frase con el dedo.

—No sé qué otra cosa puede significar.

En el exterior de cada sobre aparecía el mismo nombre: Beatriz. A veces mi madre había añadido una edad; otras, solo un año. El último decía «Para Beatriz, cuando por fin me atreva» y estaba fechado cuatro meses antes de su muerte.

Pablo cerró la puerta del dormitorio.

—Papá está abajo.

Nuestro padre había pasado la mañana clasificando herramientas en el garaje. Desde la muerte de mamá se mantenía ocupado con tareas que nadie le había pedido: limpiaba cajones, apuntaba en una libreta quién se llevaría cada mueble y preparaba café que después olvidaba beber.

—Tendremos que decírselo —respondí.

—Primero deberíamos saber qué hemos encontrado.

Treinta y nueve sobres

Extendimos las cartas sobre la colcha por orden de fecha. La primera había sido escrita cincuenta y seis años atrás. Mamá tenía entonces dieciocho años. La siguiente correspondía al tercer cumpleaños de Beatriz, pero contenía una página breve añadida al año anterior: «Ayer cumpliste dos. No pude escribirte. Pensé que si dejaba pasar el día dolería menos. No fue así».

Comprendimos que los treinta y nueve sobres no representaban treinta y nueve años. Algunas cartas reunían anotaciones de varios cumpleaños; en otras, mamá confesaba que había pasado temporadas enteras sin escribir porque no soportaba imaginar una respuesta que nunca llegaría.

No abrimos todas. Leímos lo suficiente para encontrar una cronología.

Carmen tenía diecisiete años cuando se quedó embarazada. Sus padres la enviaron a vivir durante seis meses con una tía en otra provincia. Allí dio a luz a una niña. En los documentos que le permitieron firmar aparecía un nombre provisional: Beatriz.

Una de las cartas decía que la familia adoptiva podía haberlo cambiado. Aun así, mamá siguió utilizándolo.

—Puede que ni siquiera se llame así —dijo Pablo.

—Para mamá siempre se llamó Beatriz.

—Eso no significa que para ella sea su nombre.

Era una observación incómoda y necesaria. Todo lo que sabíamos procedía de una mujer que había escrito sin recibir respuesta.

En la carta del décimo cumpleaños, mamá explicaba que le habían prometido una adopción cerrada y una vida mejor para la niña. En la del decimoctavo, admitía que durante años había aceptado aquella promesa porque era la única forma de soportar no saber dónde estaba.

Las cartas no demostraban que Carmen hubiera conocido la vida de Beatriz. Mostraban únicamente lo que había pensado, temido y esperado desde la distancia.

La fotografía doblada

Dentro del sobre del vigésimo cumpleaños encontramos una fotografía en blanco y negro. Mamá aparecía muy joven, sentada frente a una ventana, con un vestido ancho y las manos apoyadas sobre el vientre.

En el reverso había escrito: «La única foto en la que estuvimos juntas».

Reconocí sus cejas y la forma de inclinar la cabeza. No reconocí la tristeza. En las fotografías de nuestra infancia, mamá siempre estaba haciendo algo: cortando una tarta, sujetando una bicicleta o apartando el cabello de mi cara. Nunca la había visto tan inmóvil.

—Tenía diecisiete años —murmuró Pablo.

—La misma edad que tenía yo cuando me dejó viajar sola por primera vez.

Mi hermano abrió el último sobre. No contenía una carta, sino un documento de una entidad de intermediación familiar y una hoja con un nombre completo: Beatriz Martín Salcedo. Debajo aparecía una dirección en otra ciudad y una anotación de mamá:

Localizada. No se ha iniciado contacto.

La fecha era de ocho meses atrás.

Sentí alivio y rabia al mismo tiempo. Mamá había pasado décadas diciendo que no podía encontrarla. Cuando por fin lo consiguió, guardó también aquella dirección en el armario.

—Podemos escribirle —dije.

Pablo recogió el documento.

—No sabemos si esa dirección sigue siendo válida ni si mamá tenía permiso para utilizarla. Y, sobre todo, no sabemos si Beatriz quiere que la encontremos.

—Las cartas son suyas.

—Están dirigidas a ella. No es exactamente lo mismo.

Desde la planta baja, papá nos llamó para preguntar si queríamos comer. Los dos miramos la puerta cerrada.

Antes de decidir qué hacer con Beatriz, tendríamos que decirle a Julián que la mujer con la que había compartido cuarenta y cinco años había sido madre mucho antes de conocerlo.

¿Habrías seguido leyendo las cartas antes de contárselo al resto de la familia?

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